¡Pobreza extrema en el país más rico del mundo!

Ernesto Jiménez¡Pobreza extrema en el país más rico del mundo!

Por Ernesto Jiménez

“¿Acaso soy libre si mi hermano se encuentra todavía encadenado a la pobreza?”. Barbara Ward

Los Estados Unidos de América (EE. UU.) es el país, en términos económicos y militares, más poderoso en toda la historia de la humanidad. En sus 242 años de historia han sido capaces de superar todo registro de producción material o hegemonía global que potencia alguna haya logrado alcanzar. En ese sentido son un referente mundial.

Esa nación, desde su nacimiento hasta la misma concepción ideológica que da sentido a sus símbolos, se ha esmerado en presentar la libertad y la igualdad de oportunidades como principios fundamentales e inalterables para el bienestar humano. Dentro de esa construcción conceptual, determinaron que el gobierno debía intervenir lo menos posible en la vida de los ciudadanos, y en cambio, limitarse a garantizar un alto grado de independencia individual que, a su vez, permita a la población decidir el mejor rumbo para cumplir sus metas u objetivos personales. Por lo que, acorde a estos principios, todo hombre y mujer de ese país tiene las mismas oportunidades de alcanzar la felicidad, siempre y cuando, trabaje duro para conseguirlo. La conjugación de todos estos axiomas, originaron un ideal que ellos mismos han denominado como “el sueño americano”.

Sin embargo, la realidad está mostrando realidades muy distintas a esos bellos preceptos de prosperidad y libertad que los EE. UU. teóricamente han patrocinado. Inclusive, pareciera que aquel “sueño americano” pudiera estar en peligro de extinción. En especial, debido a un fenómeno cruel que castiga con dureza a los segmentos más vulnerables de la población, a los olvidados por Wall Street, a los marginados por aquellos que, en su codicia extrema, producen enormes fortunas sin siquiera crear bienes útiles para la sociedad. Nos referimos al terrible fenómeno de la pobreza extrema que, paradójicamente, se ha incrementado en las últimas décadas en esa nación, la más rica del mundo.

En un reciente informe publicado por Philip G. Alston —relator sobre pobreza extrema y derechos humanos de la Organización de la Naciones Unidas (ONU)— se recogieron cifras que revelan estadios de marginalidad vergonzosos para un país que, como EE. UU., es el que más riquezas produce en el planeta. Entre los datos más destacados se encuentran los siguientes: “40 millones de personas viven en la pobreza, 18.5 millones en pobreza extrema y 5.3 millones subsisten en condiciones de pobreza extrema propias del tercer mundo”.

Estos graves indicadores que, de por sí son bastante preocupantes, sirven para explicar otros fenómenos sociales que perpetúan esquemas de pobreza y discriminación social injustificables para una nación desarrollada. Entre esos factores adicionales, cabe destacar la creciente desigualdad de ingresos, la persistencia del racismo y, como si esto fuera poco, la existencia de un marcado sesgo hacia los más pobres por parte de los sectores en el poder, es decir, un alto grado de desprecio de los poderosos hacia los más desfavorecidos. Elementos como estos son, sencillamente, inaceptables en una sociedad democrática.

Sin lugar a dudas, resulta difícil entender cómo el país más poderoso de la historia, engendra en su propio seno, la miseria de millones de seres humanos. Esa contradicción irreconciliable, devela descarnadamente algunos límites del capitalismo y, a la vez, resalta la innegable preponderancia de la voluntad política para motorizar cambios.

Esto así, porque ante tanta riqueza material, basta con aplicar en beneficio de los más necesitados, el mismo nivel de voluntad que con celeridad se empleó para reducir impuestos a los más acaudalados.

Solo de esa manera se podría empezar a zanjar el imperante divorcio conceptual que separa a quienes dirigen ese país de los ideales de los padres fundadores, los cuales, asumieron como misión fundamental el sacrificio de construir un espacio de prosperidad y bienestar colectivo, donde, ante todo, se reconociera que —tal como establece la Declaración de Independencia— todos los hombres son creados iguales y están dotados por el Creador del mismo derecho a la libertad y a la búsqueda de la felicidad.