Más de lo mismo

Opinion - Más de lo mismoMás de lo mismo

Lisete Vega de Purcell

“La educación nos hará libres”. José Martí

Es innegable que la República Dominicana se ha convertido en el barril sin fondo de la delincuencia y de los insidiosos feminicidios del Continente. Incluyendo la indetenible corrupción y consiguiente impunidad de dimensiones que ya resultarían perogrulladas de ser mencionadas en este artículo. Para colmo, ahora nos vemos amenazados por la permisibilidad no solo de los cultos satánicos intrínsecos de la cultura de nuestros vecinos fronterizos, sino también con la inusual penetración de cultores del Islam, algunos de cuyos fanáticos fundamentalistas yihadistas, aterrorizan los países más poderosos y civilizados del mundo mediante inmolaciones irrazonables contra multitudes inocentes, totalmente ajenas a estos hechos. Y qué decir de los falsos profetas incitadores de masas aún menos educadas en los países de donde son estos oriundos. Honores dignos de dignatarios les son rendidos a su llegada al país con el único propósito de entretener al pueblo timándolo con falsas curaciones que la mente humana es capaz de realizar en momentos de histeria colectiva. Ante todo este cúmulo de problemas que nos aquejan, nos cuestionamos sobre el devenir de nuestro ya pauperado física y moralmente malhadado pueblo. Agravada la situación porque debemos compartir nuestra pobreza toda con la población haitiana que cada día aumenta en números devenidos imposibles de registrar. Indudablemente asistimos a la involución absoluta de las clases más desposeídas, y por qué no, de la clase media martirizada por los enormes impuestos cuya función es mantener la ingente deuda externa. Por ende, y como consecuencia de esta pauperización, no podemos esperar una educación integral de donde además provienen los irrefrenables feminicidios y delincuencia sin fin. Nos daría pena y vergüenza viajar por las regiones azotadas por los huracanes Irma y María, y que casi de inmediato fueron castigadas por otras lluvias torrenciales sobre unos suelos ya anegados. Como también nos asustaría pasar por los barrios de la parte alta de las ciudades y pueblos donde deambulan impunemente por las calles y callejuelas los ni nis, mientras todos los delincuentes entran y roban residencias y pequeños comercios desafiando las cámaras que abundan por todo el país. Y lo hacen a sabiendas de que no durarían sino unas horas en los cuarteles policiales, y en caso de ser llevados a la corte, pues el espacio en nuestras espantosas cárceles no bastaría para dejarlos allí a purgar su condena. Habiendo planteado escuetamente la patética situación de nuestro país, me permito demandar cortésmente a nuestras autoridades anestesiadas por los efectos hedonistas, narcisistas y ebrios de poder, que miren hacia todos lados, hacia todos los confines, aun aquellos lugares de donde muchos provienen, y que piensen que no todo lo que brilla es oro, que la “grandiosidad” no significa “progreso”, porque esta solo impresiona a los dominicanos ingenuos y a los turistas. Seguimos viviendo en medio de todas estas calamidades sin percibir una luz al final del túnel oscuro. Comprendamos que la única solución para lograr que nuestro país escale a una categoría de superioridad y decencia sería educando a la base de toda sociedad: la familia en el hogar. Imposible ir de casa en casa. Imposible cambiar en una sola generación una mentalidad ya tan arraigada en sus costumbres torcidas. Lo único que nos resta por hacer es predicar con el ejemplo. Seamos todos, todos nosotros ejemplos de buenas costumbres, de respeto, de higiene, de integridad y orgullo, de hablar con propiedad, de hacer el bien por doquier, de atesorar nuestra soberanía y sobre todo, de tratar al prójimo con Amor.