Esta maldad le puede salir bien al Sr. Trump

Esta maldad le puede salir bien al SrEsta maldad le puede salir bien al Sr. Trump
José Israel Cuello H.
El presidente norteamericano, Sr. Trump, ha dispuesto devolver a territorio haitiano a los miles de nacidos en aquel país que llegaron a territorio norteamericano aprovechando la apertura que les generó la tragedia telúrica del 2010.
La crueldad de la intención no sorprende a nadie, porque ella es, en su catálogo de maldades, una más. El desarrollo de las consecuencias puede ser, en cambio, distinto para el desarrollo de la isla.
Sabemos que el haitiano emigra pero no vuelve, y no retorna porque sale de su país sin esperanzas, sin deseos de mirar atrás, tanto, que a los pocos años se arraiga en la mejoría, o simplemente en la mejora, y se queda ahí para siempre.
Ello, desde que Duvalier padre decidiera cerrar la universidad y su profesorado se dispersara, y multiplicara, sobre todo en Senegal, Montreal y Lovaina.
La última oportunidad de rescate para esa savia del país se produjo bajo el mando de Duvalier el pequeño, que atrajo, incluso a nivel de ministros, a algunos de los que todavía no se habían desarraigado a nivel del olvido.
Así, el 6 de febrero de 1986 se convirtió en una fecha a tener en cuenta cuando sin pasiones se escriba la historia de la isla. Ese día los Duvalier salieron de la escena, agotados, y de ellos solo sobrevive la imagen del despotismo sin ninguna realización válida: la involución, en todos los aspectos.
Ese día, daba pasos cansinos hacia su término el gobierno de Jorge Blanco, sabio en ganar enemigos y bajo cuyo mandato fructificaron las leyes de zonas francas y turismo, promulgadas por Balaguer pero sin resultados importantes mientras el valor de la moneda dominicana se constriñera por el culto a una paridad de origen que, en realidad, ya no existía.
Mientras Haití entraba en otro ciclo de caos, que no ha terminado, este lado se abrió al desarrollo de nuevas actividades, y sus consecuencias en la diversificación de la oferta local en trabajos, en mercados, en conocimientos, que sin ser contradictorios con el escaso espacio productivo imperante (azúcar, café, cacao, cosas de postre) alentó su declinar paulatino e ineluctable.
Ese momento pudo ser el de la mecanización del campo dominicano, escaso de mano de obra por su corrimiento a los nuevos empleos y opciones, a la vez que a vivir en la marginalidad citadina.
Ni el gobernante, ni los asesores que tuvieron el valor de romper el ícono de la paridad monetaria lo advirtieron; ni tenían tiempo para ello porque estaba cerca el retorno del tercero de los Balaguer conocidos, quien volvía, y volvía entendiendo La isla al revés.
Y, ni los que salían ni los que llegaban definieron una política migratoria que contuviera la masa humana que se ha derramado sobre el oriente de la isla de manera incontenible, mientras las élites y los elementos dispersan por el mundo a los que nacen en el occidente del mismo espacio geográfico.
Tan sordos han sido los unos como los otros que se han sucedido en el poder frente al drama migratorio local, que han sido incapaces siquiera de concebir una política compensatoria en sus responsabilidades, balanceando los componentes de una migración que tiene en el desarrollo local un atractivo poderoso, y no solo los gobiernos sino que tampoco la llamada sociedad civil ha dicho nada frente a la oportunidad que existe para esos equilibrios necesarios en el flujo de desamparados que deambula por la Europa de hoy en busca de oportunidades para vivir, trabajar, educarse ante la brutal descomposición de sus sociedades registradas desde que los norteamericanos se propusieron imponer por la fuerza sus criterios e intereses a sus pueblos y gobiernos.
Ante todo ello, puede verse desde este lado hasta con esperanzas, al menos con ilusiones, el retorno forzado a que con toda la violencia de que es capaz la todavía nación más poderosa del mundo, de las 28 mil familias haitianas ya forjadas en territorio norteamericano desde el terremoto hasta hoy, educadas en el trabajo y a la sombra de un sociedad articulada.
Ilusiones, esperanzadas en que el entrenamiento de vida y trabajo que han tenido, pueda enraizarse en aquella tierra ya sin capa vegetal, y dar curso a una nueva ordenación para la sociedad que, también sin cohesión ni objetivos comunes ha de acogerlos, y ello, a largo plazo, permita la existencia en aquel espacio de un cohesionado interés colectivo sin el cual no se definen las naciones.
Entonces, no antes, los haitianos retornarán sin atropellos.
Esta maldad le puede salir bien al Sr. Trump
José Israel Cuello H.
El presidente norteamericano, Sr. Trump, ha dispuesto devolver a territorio haitiano a los miles de nacidos en aquel país que llegaron a territorio norteamericano aprovechando la apertura que les generó la tragedia telúrica del 2010.
La crueldad de la intención no sorprende a nadie, porque ella es, en su catálogo de maldades, una más. El desarrollo de las consecuencias puede ser, en cambio, distinto para el desarrollo de la isla.
Sabemos que el haitiano emigra pero no vuelve, y no retorna porque sale de su país sin esperanzas, sin deseos de mirar atrás, tanto, que a los pocos años se arraiga en la mejoría, o simplemente en la mejora, y se queda ahí para siempre.
Ello, desde que Duvalier padre decidiera cerrar la universidad y su profesorado se dispersara, y multiplicara, sobre todo en Senegal, Montreal y Lovaina.
La última oportunidad de rescate para esa savia del país se produjo bajo el mando de Duvalier el pequeño, que atrajo, incluso a nivel de ministros, a algunos de los que todavía no se habían desarraigado a nivel del olvido.
Así, el 6 de febrero de 1986 se convirtió en una fecha a tener en cuenta cuando sin pasiones se escriba la historia de la isla. Ese día los Duvalier salieron de la escena, agotados, y de ellos solo sobrevive la imagen del despotismo sin ninguna realización válida: la involución, en todos los aspectos.
Ese día, daba pasos cansinos hacia su término el gobierno de Jorge Blanco, sabio en ganar enemigos y bajo cuyo mandato fructificaron las leyes de zonas francas y turismo, promulgadas por Balaguer pero sin resultados importantes mientras el valor de la moneda dominicana se constriñera por el culto a una paridad de origen que, en realidad, ya no existía.
Mientras Haití entraba en otro ciclo de caos, que no ha terminado, este lado se abrió al desarrollo de nuevas actividades, y sus consecuencias en la diversificación de la oferta local en trabajos, en mercados, en conocimientos, que sin ser contradictorios con el escaso espacio productivo imperante (azúcar, café, cacao, cosas de postre) alentó su declinar paulatino e ineluctable.
Ese momento pudo ser el de la mecanización del campo dominicano, escaso de mano de obra por su corrimiento a los nuevos empleos y opciones, a la vez que a vivir en la marginalidad citadina.
Ni el gobernante, ni los asesores que tuvieron el valor de romper el ícono de la paridad monetaria lo advirtieron; ni tenían tiempo para ello porque estaba cerca el retorno del tercero de los Balaguer conocidos, quien volvía, y volvía entendiendo La isla al revés.
Y, ni los que salían ni los que llegaban definieron una política migratoria que contuviera la masa humana que se ha derramado sobre el oriente de la isla de manera incontenible, mientras las élites y los elementos dispersan por el mundo a los que nacen en el occidente del mismo espacio geográfico.
Tan sordos han sido los unos como los otros que se han sucedido en el poder frente al drama migratorio local, que han sido incapaces siquiera de concebir una política compensatoria en sus responsabilidades, balanceando los componentes de una migración que tiene en el desarrollo local un atractivo poderoso, y no solo los gobiernos sino que tampoco la llamada sociedad civil ha dicho nada frente a la oportunidad que existe para esos equilibrios necesarios en el flujo de desamparados que deambula por la Europa de hoy en busca de oportunidades para vivir, trabajar, educarse ante la brutal descomposición de sus sociedades registradas desde que los norteamericanos se propusieron imponer por la fuerza sus criterios e intereses a sus pueblos y gobiernos.
Ante todo ello, puede verse desde este lado hasta con esperanzas, al menos con ilusiones, el retorno forzado a que con toda la violencia de que es capaz la todavía nación más poderosa del mundo, de las 28 mil familias haitianas ya forjadas en territorio norteamericano desde el terremoto hasta hoy, educadas en el trabajo y a la sombra de un sociedad articulada.
Ilusiones, esperanzadas en que el entrenamiento de vida y trabajo que han tenido, pueda enraizarse en aquella tierra ya sin capa vegetal, y dar curso a una nueva ordenación para la sociedad que, también sin cohesión ni objetivos comunes ha de acogerlos, y ello, a largo plazo, permita la existencia en aquel espacio de un cohesionado interés colectivo sin el cual no se definen las naciones.
Entonces, no antes, los haitianos retornarán sin atropellos.